El complejo de separación en otros campos del arte. Luis Buñuel (I)

Continuando con el tema de las entradas anteriores, debemos decir que el complejo de separación está presente no sólo en la obra de Bacon, sino en la de muchos otros artistas, especialmente a partir del siglo XX en que el arte se convierte en una actividad mucho más centrada en la evolución interna del artista. Tomemos por ejemplo a un cineasta como Buñuel (Calanda 1900- Ciudad de México 1983), cuyas circunstancias se puede decir que están en las antípodas de las de Bacon. Así Luis Buñuel nunca conoció la marginación social de la manera tan radical como le ocurrió al pintor inglés del que hemos hablado. El aragonés pertenecía en efecto a una familia adinerada de la alta burguesía de Zaragoza. Su padre fue un característico indiano, es decir, una persona que había emigrado muy joven a América –en este caso concretamente a Cuba– y tras muchos años de duro trabajo había reunido una apreciable fortuna que le permitió regresar a España y vivir el resto de su vida de las rentas del capital acumulado. La familia de Luis Buñuel era en efecto, cuando nace el gran cineasta, una de las más adineradas de Zaragoza y de todo Aragón. Por tanto, el director calandino tuvo una infancia y adolescencia privilegiadas, desde el punto de vista material, y cuando terminó sus estudios secundarios pudo trasladarse a Madrid para realizar su formación universitaria en la capital, hospedándose en la Residencia de Estudiantes que acogía a los vástagos de la alta burguesía de todas las provincias españolas. Allí conoció a Dalí y a Lorca, ambos pertenecientes a un idéntico estrato social, y con los que compartía las mismas inquietudes personales y sociales. Puede resultar algo chocante el hecho de que tres de los principales integrantes de la generación del ’27, tuvieran sin excepción un idéntico sentimiento de rechazo hacia los valores que habían permitido a la generación anterior labrarse una privilegiada situación económica y material. Sin embargo fueron las características y las circunstancias de su educación lo que les llevó a dicho rechazo. Así dice Buñuel en Mi último suspiro:

En Calanda tuve yo mi primer contacto con la muerte que, junto con una fe profunda y el despertar del instinto sexual, constituyen las fuerzas vivas de mi adolescencia.” [BUÑUEL, Luis, Mi último suspiro, p. 17]

Y más adelante:

Así mismo y por razones que no se me alcanzan, he encontrado siempre en el acto sexual una cierta similitud con la muerte, una relación secreta pero constante. […] ¿Será porque durante mi infancia y juventud fui víctima de la opresión sexual más feroz que haya conocido la historia?”[Ibid., p. 21]

Esta opresión sexual y la presencia un poco agobiante de la religión en todos los planos de la existencia es lo que al parecer rechazaban los tres artistas citados. Hasta tal punto les resultaban caducos los valores de sus mayores que, de forma jocosa pero muy significativa, durante los años de formación universitaria, se referían a todos aquellos que asumían como propios esos valores, como los “putrefactos”. Y en efecto consideraban que los mencionados principios habían perdido vigencia de tal forma, que se los podía calificar, simple y llanamente, de valores podridos.

La nueva generación de principios del siglo XX, reclamaba, por tanto, una mayor realización de la dimensión personal del eros, lo que lleva aparejado inevitablemente una desacralización de la vida entera.

En Buñuel sin embargo la importancia y el peso de la dimensión religioso-espiritual está presente en su obra y en su vida de forma constante. Aunque, eso sí, se aprecia en numerosas ocasiones que esta presencia se actualiza desde sectores de la dimensión inconsciente de su personalidad. En otras palabras el cineasta, en su etapa universitaria, en contacto con otros jóvenes y otras ideas que las de su ambiente familiar, se percató que su actitud interior dominada por la espiritualidad cristiana en la que había sido educado, implicaba una separación de la vida que al mismo tiempo resultaba en un inaceptable empobrecimiento de la propia personalidad. Todo un mundo nuevo de autorrealización y plenitud personal debió de abrirse ante él en aquellos años de formación en la Residencia de Estudiantes, en contacto con poetas, escritores y filósofos como Ramón Gómez de la Serna, o Unamuno. Su vida dio un giro de ciento ochenta grados respecto a lo que su familia había inicialmente preparado para él. Luis abandonó los estudios de Ingeniería que había iniciado sobre todo para complacer al padre, y tras algunos titubeos terminó licenciándose en Filosofía.

No obstante ningún cambio tan radical en los propios planteamientos personales puede realizarse sin algún coste personal, y Buñuel no fue ninguna excepción. Así se percibe en muchos episodios de su vida la lucha interna que dicho cambio implicaba. Dicho de otra manera algunos de los valores asimilados en la infancia, estaban tan integrados en sectores inconscientes de la personalidad que cuando desde la conciencia Luis percibe la necesidad del cambio, se producen conflictos internos imposibles de eludir. Un ejemplo significativo es el episodio relatado por Dalí a Max Aub en 1969:

Tenía una especie de locura por los conventos de Toledo, le gustaban mucho, mucho, y pasaba todas las noches [se refiere a los días en que el grupo de la Residencia de Estudiantes iba de excursión a Toledo] yendo a oír a las monjas que cantaban allí. Había una pequeña Virgen que le gustaba mucho, y de pronto, delante de la Virgen, se enterneció y empezó a hacer una especie de oración, y después, sin ninguna clase de intermedio, escupió a la Virgen y empezó a insultarla.[Citado por: GIBSON, Ian, “Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal 1900-1938”, p. 164]

Este episodio es significativo por cuanto nos da una idea muy clara de la actitud interior de Buñuel ante lo religioso –que tan importante había sido para él durante su infancia, según confesión propia que hemos visto más arriba. En otras palabras, el cineasta había adoptado la actitud consciente contraria a la de la visión religiosa de la existencia, que sin embargo continuaba viva en su personalidad inconsciente. Este mecanismo para contrarrestar una actitud que ha dejado de satisfacernos, pero que está incorporada a la estructura de la personalidad, es bastante frecuente y los psicólogos la denominan “formación reactiva”. Consiste exactamente en lo que hemos hablado de Buñuel. Es decir adoptar desde la consciencia la actitud contraria a la que queremos abandonar. Ésta última, sin embargo, no desaparece, sino que simplemente cae en el inconsciente—es decir, se incorpora a la sombra– y desde allí sigue actuando sin el control del yo. No obstante al cabo de los años es factible que la estructura inconsciente termine desmantelada al resolver el individuo todas las contradicciones que la nueva actitud de la consciencia provoca con las antiguas concepciones. Pero también es cierto que hay casos en que esas contradicciones, y por tanto la vigencia en el inconsciente de la antigua estructura, perviven durante toda la existencia.

Este descontento que podemos calificar de existencial no era exclusivo de la sociedad española sino que era compartido por las nuevas generaciones de los principales países europeos. Y así en Francia, en la actitud de los surrealistas, con sus llamados actos y provocaciones surrealistas, debemos ver también su voluntad de demoler algunos –o muchos– de los valores de las generaciones anteriores.

En mi último ensayoTres estudios de figuras para la base de una crucifixión … inexistente, realizo el análisis de una de las películas de Buñuel: “El ángel exterminador” (1962)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *