BUÑUEL (II)

La personalidad de Buñuel es tan interesante como su obra. Ya hemos visto algunas particularidades de la misma en el artículo anterior. Quizás lo más llamativo sea el hecho de que un artista con fama de irreligioso e incluso de blasfemo, sea sin embargo una de las personalidades españolas del siglo XX con una inclinación hacia lo espiritual más decidida y clara, aunque enmarcada en unos planteamientos completamente heterodoxos. En efecto, hemos de acostumbrarnos, en la actualidad, a desligar cualquier inclinación propiamente espiritual de actitudes derivadas de las religiones tradicionales. Es bastante común entre las personas de nuestro tiempo el interés por todo tipo de prácticas pertenecientes a sistemas espirituales de todo tipo, siempre que sean ajenos a la religión tradicional, especialmente el Cristianismo. Así tenemos la práctica de la Meditación Trascendental, que procede de sistemas orientales –Budismo, Hinduísmo, etc.–, que está muy extendida entre personas de todos los niveles sociales. Incluso se ha llegado a crear una versión occidentalizada de esta práctica en el llamado Mindfulness, en el cual se ignoran todas las connotaciones de tipo espiritual y religioso, para convertirla en una mera técnica de relajación. Esto último proporciona los beneficios espirituales de la Meditación budista, pero de forma que sea aceptable para la mente occidental más racionalista. Al mismo tiempo sin embargo, aumenta el interés por todo tipo de conocimientos y fenómenos esotéricos.

De esta manera tenemos en Occidente, junto a una pérdida total de credibilidad de la religión Cristiana, predominante durante dos milenios en esta parte del mundo, un interés cada vez mayor por todo tipo de creencias espirituales ajenas a los planteamientos ortodoxos. Esto es debido a que el nivel de conciencia alcanzado gracias al desarrollo del pensamiento científico y a la mejora de las condiciones materiales de vida, hace inaceptable para gran parte de la población, sistemas religiosos que siguen basándose en visiones de la realidad pertenecientes a épocas anteriores, ya superadas.

En esta situación es interesante destacar el aumento que se ha dado en los últimos años en el interés hacia la obra de un científico, que pertenece a un campo intermedio entre la realidad material exterior y la realidad interior y espiritual, como es la Psicología. Me refiero concretamente a Carl Gustav Jung, cuyo estudio de los estratos más profundos de la psique, desde unos planteamientos estrictamente científicos, pero revelando su conexión con las prácticas de tipo espiritual, suscita cada vez mayor interés entre el gran público.

En esta situación podemos decir que Buñuel es un representante típico de las contradicciones de su tiempo. Por un lado, su actitud consciente es de un rechazo absoluto de los planteamientos religiosos tradicionales del Cristianismo en que ha sido educado. Por otra parte su inclinación natural hacia lo espiritual es muy evidente para cualquier investigador avezado en estos temas. Son numerosísimos los detalles de la biografía del gran cineasta aragonés que nos dan cuenta de esta inclinación suya hacia lo espiritual. Por un lado están sus chocantes gustos o incluso sus bromas. Por ejemplo, le gustaba mucho disfrazarse de cura, como atestiguan numerosas fotografías de su juventud y los testimonios de sus amigos. También le gustaban hasta el punto de llamar la atención de sus amigos, los conventos de la localidad de Toledo, ciudad por la que tenía especial predilección. Incluso, como hemos visto en el artículo anterior, era normal que se deleitase escuchando los cánticos de las religiosas de algún convento; por no hablar del episodio relatado por Dalí a Max Aub. Junto a lo anterior, como ya hemos señalado, tenía una actitud consciente radicalmente antirreligiosa y blasfema. Esta actitud hacía que su sentimiento espiritual y religioso cayera por completo en su inconsciente personal o sombra –como denomina Jung a esta parte de la psique– y en consecuencia se manifestara de forma frecuente en sus creaciones artísticas, dotándolas de un trasfondo cultural muy rico.

Vamos a fijarnos en una de las escenas más llamativas de su película inicial, Un perro andaluz, realizada en colaboración con Dalí. Concretamente me refiero al momento en que el protagonista persigue por la habitación a la muchacha con ánimo de tener con ella un trato de tipo sexual. En ese instante Pier Bacheff –el actor que encarna a este personaje– se ve de repente en la tesitura de tener que arrastrar un conjunto de inexplicables objetos e incluso personas, atados todos a un par de cuerdas que cuelgan de sus espaldas, y constituyen –cómo no– una carga pesadísima que casi le impide avanzar. Se trata evidentemente de una expresiva imagen para una realidad psicológica –la sombra– que en aquellos años estaba siendo objeto de estudio casi vanguardista, por psicólogos como Freud y Jung. Dalí y Buñuel, por su adscripción al Surrealismo estaban muy interesados en incorporar a su obra todo el conjunto de contenidos inconscientes que aflorase en el momento de gestarla. De forma intuitiva y por tanto muy veraz –libre de intrusiones culturales provenientes de la conciencia– integraban en su producción las aportaciones del inconsciente.

Veamos pues cuál era en el momento de la realización de la película el contenido de la sombra o inconsciente personal de Buñuel y Dalí.

En primer lugar, tras los corchos que protegen la espalda de Pierre Batchef, atadas a las cuerdas que arrastra, aparecen dos calabazas. Primer objeto aparentemente disparatado, que para alguien ajeno al simbolismo inconsciente puede parecer simplemente una extravagancia de los autores o una provocación. Sin embargo, si aceptamos que las ocurrencias del inconsciente tienen una coherencia íntima enraizada en la propia personalidad, debemos creer que también en este caso las dos mencionadas frutas, están refiriéndose a una realidad diferente y significativa desde el punto de vista psicológico. ¿Qué pueden significar un par de calabazas para dos jóvenes que acaban de abandonar la madrileña Residencia de Estudiantes de los años veinte, en la cual se han conocido y en la que han pasado los años más decisivos de su existencia? Es evidente que las calabazas son para los estudiantes sinónimos de suspenso, es decir, de fracaso en una prueba de iniciación al mundo adulto. Sin embargo tanto Dalí como Buñuel se sentían muy por encima del mundo académico de su tiempo, y ambos habían despreciado las vías tradicionales de formación, o mejor las habían adaptado a sus propias exigencias que consideraban mucho más decisivas que los cauces establecidos. Así, Dalí se había hecho sancionar y hasta expulsar de la escuela de Bellas Artes, manifestando su sentimiento de superioridad ante un tribunal que lo juzgaba. Por su parte Buñuel había despreciado una carrera técnica, iniciada por deseo de su padre, pero completamente ajena al mundo artístico y literario, que él descubrió en sus años de juventud. En estas circunstancias es evidente que las calabazas de su película no se refiere a ningún sentimiento de fracaso académico por parte de sus autores, que en ese campo se consideraban en posición de superioridad.

No. las calabazas han de referirse a un suspenso de tipo vital, e incluso si se quiere, arquetípico, común a toda su generación y probablemente a las generaciones anteriores también, puesto que ese fracaso estaba enraizado en el patriarcado imperante en la sociedad occidental desde mucho tiempo atrás. En esa sociedad el padre era una figura lejana, identificada con el arquetipo, inalcanzable para los hijos a los que se condenaba al papel de perpetuos adolescentes, y cuya autoridad era incuestionable desde cualquier punto de vista. Es difícil desde la perspectiva actual imaginar que una figura de este tipo haya sido la norma general en el papel desempeñado por el varón, dentro del esquema familiar de nuestra civilización. Sin embargo cuanto más nos alejamos en el tiempo, si estudiamos con detenimiento las formas de relación imperantes en cada época, habremos de concluir que, en efecto, poco tiene que ver nuestra actual concepción de la naturaleza y el trato humanos, con lo que era la norma en épocas no tan lejanas de nuestra cultura occidental.

Por otra parte, dada la actitud de ruptura con los valores de la generación de sus padres, de los dos artistas –así como de su amigo Federico García Lorca– todos ellos pertenecientes a un estrato social idéntico, ¿no parece lo más probable que el suspenso vital que ellos rechazaban –aunque lo hubieran sufrido– y que ahora aparecía subliminalmente en su producción cinematográfica, fuera el que se derivaba del papel arquetípico desempeñado por el padre, en la familia tradicional de su época? Personalmente estoy convencido de que así era.

El siguiente contenido que aparece en la cuerda es mucho más aparatoso, se trata de dos personajes –interpretados por los mismos Dalí y Buñuel– vestidos de hermanos maristas. Este contenido, como veremos, en el próximo artículo en que continuaremos con el análisis de esta escena, está muy relacionado con todo lo que hemos dicho más arriba acerca de la actitud de aquella generación con respecto a los valores religiosos.

En mi último ensayoTres estudios de figuras para la base de una crucifixión … inexistente, realizo el análisis de una de las películas de Buñuel: “El ángel exterminador” (1962

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