Casanova y los españoles

Casanova ha pasado a la historia como el representante más genuino de la actitud frívola hacia la existencia. Sin embargo cualquiera que haya leído sus memorias –al menos en parte, ya que las mismas comprenden doce volúmenes– se habrá dado cuenta de que se trata de un personaje excepcional en muchos sentidos. En primer lugar hay que señalar que se han escrito pocos libros, de lectura tan amena como el relato que él hizo de su propia vida.

Mi primer contacto con este maravilloso fresco de su época que constituyen sus memorias, tuvo lugar hace muchos años, en una etapa de mi vida bastante gris por estar dedicada en exclusiva a la preparación de las oposiciones que me habían de proporcionar el acceso a la enseñanza pública, del que he vivido la mayor parte de mi existencia.

Como digo, la exigencia de alcanzar ese puesto laboral me obligaba a permanecer entre las cuatro paredes de alguna de las salas de la Biblioteca Nacional o de la más modesta Biblioteca Municipal de mi barrio –según los días– enfrascado en la memorización de los numerosos temas que integraban el programa. Hay que decir además que, para asegurarme el acceso al mercado laboral –que ya por aquellos años se había vuelto un tanto esquivo– yo preparaba al mismo tiempo, no una, sino dos oposiciones, a dos modalidades diferentes de la enseñanza. Se comprenderá entonces que en mitad del proceso, cuando los meses de estudio ya superaban los dedos de una mano, pero todavía faltaba al menos otro tanto para la fecha de los exámenes, y el aliciente del hipotético triunfo final aún se veía lejos, los días transcurrían con desesperanzadora lentitud, y en ocasiones una desagradable sensación de no estar del todo vivo, se apoderaba de mi persona por completo. Todo opositor sabe a qué me estoy refiriendo, y para mis adentros tengo que uno de los secretos del éxito en este tipo de procesos, depende mucho más que de la capacidad de trabajo intelectual y de los mecanismos de memorización, de una aptitud inquebrantable para soportar las vivencias como la que he descrito, de estar poco menos que un poquito muerto en vida. Las salas de estudio se convierten así prácticamente en sarcófagos desproporcionados, con las paredes adornadas por centenares de áridos volúmenes con los temas de la oposición.

Sin embargo la pequeña biblioteca de mi barrio tenía algunas estanterías que rompían por completo la lúgubre visión que el trabajo repetitivo y cansino del opositor provoca acerca de ellas; y una tarde en que mi ánimo estaba especialmente embotado en el sentimiento que acabo de describir, uno de esos estantes llamó poderosamente mi atención, al entrar en la sala, antes de acomodarme en mi sitio de sufrido opositor.

Había en él una serie de tomos iguales, no excesivamente nuevos ni lustrosos, pero a los que sin saber porqué dirigí mi mano para empezar a ojear uno de ellos, por el mero hecho de retrasar, siquiera unos minutos, la anodina tarea de aquel día. Mi curiosidad quedó inmediatamente atrapada en aquellas páginas al comprobar que se trataba de las Memorias de Giacomo Casanova; personaje para mí, entonces, casi mítico, y perteneciente a una clase de seres que la opinión oficial de la España fascista en la que yo había sido educado, había enviado poco menos que a una especie de lazareto de proscritos y apestados innombrables; no porque hubieran cometido ninguna serie de crímenes atroces, sino mucho peor: habían tenido la osadía de pecar reiteradamente contra la moral.

Afortunadamente para mí yo nunca había comulgado excesivamente con las mencionadas opiniones oficiales, y ya en aquella época buscaba yo unos criterios menos provincianos, en lo que se refiere a las distintas realidades de la existencia. No obstante la idea que lógicamente había quedado en mi interior acerca de este personaje italiano, era que se trataba simple y llanamente de un libertino; y que por tanto, si bien los juicios morales excluyentes estaban completamente fuera de todo sentido para mí, tampoco cabía esperar de sus memorias otra cosa que no fueran unas morbosas aventuras, más o menos ingeniosas o chispeantes, aunque carentes de cualquier otro interés.

No sabía yo lo equivocado que estaba, y tampoco sospechaba que en muy pocos minutos iba a descubrir un retablo fascinante de lo que era la vida real en varios de los estamentos de una sociedad, la del XVIII, de cuya forma de pensar deriva casi directamente la nuestra.

Así pues, tras ojear las primeras páginas de aquel tomo que casualmente había caído en mis manos, me encontraba ya completamente atrapado en la narración de aquel extraño aunque real personaje que era Casanova. Me senté en el pupitre más próximo y no pude abandonar la lectura de aquel libro en toda la tarde. Ni que decir tiene que en los días siguientes falté también a mi bien programado plan de estudios y continué la lectura hasta que terminé el mencionado tomo. Tras lo cual volví disciplinadamente a mi rutina de trabajo.

Conviene que diga en este punto que mi preparación no se vio menoscabada por aquella pequeña falta de unos días, y que al final de aquel curso conseguí sacar las mencionadas oposiciones. Sin embargo el libro del controvertido aventurero italiano dejó en mí una huella más profunda de lo que pudiera pensarse y siempre he recordado durante los años siguientes cómo aquella lectura me sacó de un estado de rutina y abotargamiento existencial, y que no estoy muy seguro de que no fuera el aldabonazo que necesitaba en aquel momento para recuperar la ilusión y realizar el último esfuerzo que exigía mi situación académica.

No obstante, he de confesar que, en todos estos años, he sido infiel completamente al curioso e interesante personaje que fue Giacomo Casanova ya que, sin que existiera ninguna razón para ello, sus memorias  habían permanecido todo ese tiempo fuera de mis manos. Sin embargo, hace unos pocos días me vino de nuevo al pensamiento el aventurero italiano, y el grato recuerdo que, en su momento –en unos tiempos ya lejanos–, dejaron en mi ánimo el relato de sus aventuras.

Así pues, activada nuevamente mi curiosidad, me puse manos a la obra, e investigando en las páginas de varias librerías en Internet, comprobé que en estos años se han realizado diversas publicaciones de las mencionadas memorias, incluso desgajando sus capítulos según temas concretos, para no desanimar al posible lector con la la extensión tan importante de la obra. Pues bien, hete aquí que una de esas selecciones de capítulos se denominaba precisamente Memorias de España, ya que en ella se recogía el periodo que Casanova pasó en nuestro país.

¿Cabe mayor y más feliz coincidencia? Yo que llevo ya un par de años intentando hacerme con noticias fidedignas en torno a la vida española del XVIII, con el fin de reconstruir el ambiente en que vivió nuestro Goya –al margen de cualquier estereotipo o desviación debida al tiempo– me encuentro ahora con que puedo contar con un testimonio de primera mano, de un personaje que ha pasado a la historia precisamente por haberse sumergido en la vida, hasta el tuétano, habiéndose codeado con las más altas esferas del poder, pero sin remilgos para relacionarse con estamentos más humildes, siempre y cuando –eso sí– hubiera de por medio el aliciente de una cara bonita, que implicara la promesa de una aventura amorosa.

Naturalmente en el plazo de un día el libro estaba en mi poder; aunque al empezar la lectura, mi entusiasmo se había rebajado un poco, ya que en ese corto espacio de tiempo, algunas dudas habían enfriado mi fervor. ¿No es verdad, en efecto, que en determinadas edades pueden suscitar nuestra admiración hechos y personas que más tarde con la madurez que da el paso del tiempo se nos antojan completamente banales? Por otra parte, ¿no es igualmente cierto que el trascurrir de los años todo lo exagera e incluso lo idealiza? Era posible que lo que me parecieron unas tardes deliciosas e incluso vivificantes, no fuera sino un recuerdo idealizado de una lectura intrascendente. Así pues abordé el libro con ánimo menos entusiasta de lo que lo hubiera hecho tan solo unos días atrás.

Los primeros párrafos parecían confirmar mis temores, pues el lenguaje era un tanto farragoso, sin que yo supiera muy bien si debía achacar tal circunstancia al autor de las líneas o a su traductor. Proseguí, no obstante, con la lectura y se fueron sucediendo en pocas páginas numerosos episodios y anécdotas que, sin ser extraordinarios, convertían el relato en ameno crisol de la vida en otros tiempos. Poco a poco caí otra vez rendido ante el ingenio y la singularidad del italiano y nuevamente me ha sido imposible despegarme del libro hasta no haber finalizado su lectura.

Además de todo lo anterior –que he descrito con cierta minuciosidad para dar idea al lector de la amenidad de estas singulares memorias– resulta que he encontrado en el libro datos valiosísimos para el conocimiento de nuestra forma de ser, y la peculiaridad de nuestro carácter, que además completan y clarifican otras ideas, que pueden ayudar en el estudio y la comprensión –desde un punto de vista psicológico– de muchas de nuestras creaciones culturales a lo largo de la Historia.

En las próximas entregas pasaré a detallar algunos de estos datos que, como digo, son muy reveladores para todo lector curioso de los temas psicológicos.

Aprovecho también para informar a mis lectores de que ya está disponible la segunda edición de mi ensayo sobre Goya, que tanto me habían reclamado últimamente algunos de ellos. Pinchando en el siguiente enlace lo pueden conseguir.

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