Casanova y los españoles del siglo XVIII

Como hemos visto en la anterior entrada, Casanova relata varias de nuestras costumbres en el siglo XVIII cuando él nos visitó. Llaman la atención varias cosas, que hoy nos parecerían bastante extravagantes.

En primer lugar el orgullo exagerado de ser español que se manifestaba de manera ostentosa frente a cualquier extranjero. Este orgullo pudiera pensarse que era propio de las clases altas que por su posición podían albergar algún sentimiento de superioridad. Sin embargo nada más lejos de la realidad: hasta el más humilde labriego, ante un extranjero, exhibía un orgullo rayano en la excentricidad. Así por ejemplo el aventurero italiano, nada más entrar en nuestro país, viajando en su carroza y acompañado de varios sirvientes, había de alojarse en las míseras posadas que encontraba en los pueblos en los que se veía obligado a hacer noche. Allí, era lo habitual que el posadero se limitase a comunicarle que podía hacer uso de su habitación e incluso de encender la chimenea siempre que él mismo se llevase la leña. También podía cocinar siempre y cuando se procurase la comida por sí mismo. Así, cuando el viajero marchaba, el dueño de la posada debía poder decir que no había movido ni un dedo para servir a un extranjero, ya que lo contrario estaba considerado como un deshonor.

En nuestros días esta actitud parece absurda, e incluso raya en el ridículo. Por eso mismo resulta muy significativo que haya sido la norma, no sólo en España, y por tanto ha de darnos pistas en lo que se refiere al desarrollo de la conciencia en esos periodos de la civilización.

Así, en efecto, una actitud análoga aunque menos acentuaba se daba en varios países europeos de la misma época. El propio Casanova nos indica que en Turquía se llamaba “perros” a los ciudadanos de otros países. En Inglaterra, de modo parecido, se les designaba con la expresión French dog. Sin embargo, el italiano advierte que estas denominaciones eran mucho menos ofensivas que la equivalente española de “gabacho” –que se utilizaba, al parecer para todos los extranjeros, y no sólo para los franceses como se supone hoy en día–. En el caso de España, además hay que hacer notar que este peculiar sentimiento de superioridad ha perdurado entre las clases más humildes, y especialmente en las zonas rurales, hasta bien entrado el siglo XX. De ello nos da noticia el gran escritor argentino Ernesto Sábato, que afirmaba: “cuando hablas con un campesino español, parece que estás hablando con un duque”. De esta forma, el autor de El túnel, daba a entender el sentimiento de superioridad que se percibía enseguida en el trato con cualquier integrante de las modestas clases rurales españolas en el pasado siglo. Lo que quizá no sospechaba el argentino es que tal actitud era herencia directa desde épocas anteriores al Siglo de Oro.

Volviendo al siglo XVIII, también otros viajeros de la época, además de Casanova, observaron y recogieron en sus escritos la peculiar actitud del pueblo español de aquel tiempo para con los extranjeros. Por ejemplo, un viajero alemán que visitó nuestro país durante el reinado de Carlos III, describe así la actitud de los majos madrileños, reunidos un día cualquiera, en la Puerta del Sol:

gente del pueblo….. inmóvil, amurallada en su orgullo, especialmente en cuanto toman contacto con algún extranjero1

Como vemos, en ocasiones, el sentimiento de superioridad se expresaba a través de una hostilidad no disimulada.

Podemos imaginarnos, después de lo dicho, cómo acogió el pueblo español de aquel siglo, las bienintencionadas reformas de todo tipo que introdujeron los ministros de Carlos III, teniendo en cuenta que varios de ellos eran de origen italiano, es decir, extranjeros –como Esquilache, por ejemplo–. Cito en este sentido un episodio que recojo en mi ensayo sobre Goya:

Así, en el Madrid sucio y pueblerino que Carlos III modernizó con la ayuda de sus ministros, una de las mejoras que se introdujeron fue la del alumbrado público […]. Pues bien, cuando el descontento del pueblo se desborda en el motín ya mencionado [me riefiero al Motín de Esquilache], uno de los primeros elementos que recibe las iras de los amotinados es precisamente este alumbrado público, inaugurado unos meses antes, y visto con sospecha y recelo por los madrileños. Una coplilla de aquellos días revela la carga de irracionalidad que subyacía en la actitud hacia los cambios modernizadores:

“Los faroles que Grimaldi,

genovés (bástele esto),

mandó poner y alumbrar,

ya, amigo, se oscurecieron;

la primer noche quedaron

los más rotos, y el entero

por no sufrir un cantazo

él se quebrantó de miedo.”2

Como se desprende de estos versos, la destrucción del alumbrado se vive como un restablecimiento de una situación alterada por una intromisión extranjera, sin que importe lo más mínimo el beneficio indiscutible que dicha alteración suponía para el conjunto de los ciudadanos.3

Fíjese el lector en cómo el autor de la coplilla resalta con desprecio la condición de extranjero –genovés– del promotor de la mejora en la iluminación de las calles.

Cabría decir que el pueblo español de aquel siglo era poco menos que reaccionario y con un punto de fanatismo.

Otra de las características de nuestros antepasados del siglo XVIII era la omnipresencia de la religión en casi todas las facetas de la vida cotidiana. Y nuevamente hay que hacer constar que esta presencia de lo religioso era mucho más intensa en nuestro país que en el resto de Europa. Así lo señala nuestro peculiar visitante Casanova, y cita algunas actitudes a este respecto que hoy nos hacen sonreír. El teatro por ejemplo, debía considerarse un lugar especialmente peligroso y propicio para el relajamiento de las conciencias. Así las barandillas de los palcos no eran sólidas, sino con simples barrotes que debían dejar a la vista de todo el mundo las piernas de los ocupantes. Al preguntar Casanova el motivo de ello –dado que en el resto de Europa los palcos se cerraban de forma más completa– se le informó que de esta manera se evitaba que las señoras sintieran la tentación de hacerle una “puñeta” a su acompañante4. El lector no necesita mucha imaginación para sabera qué se referían en el siglo XVIII con esta expresión5.

Ante esta obsesión por la sexualidad y su correspondiente represión, a nadie extrañará que en todas las funciones, los padres de la Inquisición habían de tener reservado un palco desde el que realizar la oportuna labor de vigilancia.6

Pero no sólo en el ámbito público se reflejaba la represión de la sexualidad ejercida desde la autoridad eclesiástica, también en el entorno más privado se sentía la autoridad de la Iglesia y sus mandatos restrictivos. Según Casanova:

No hay cortesana que, encontrándose con su amante y cediendo a sus deseos amorosos, se decida a la hazaña sin haber cubierto antes el crucifijo con un pañuelo y vuelto de cara a la pared los cuadros que representan la imagen de un santo.7

Además de la sexualidad, la presencia de la muerte era otra de las obsesiones ligadas a lo religioso, que en ningún momento se podía olvidar:

De repente oí al centinela que estaba en la puerta del patio gritar en voz alta: ¡DIOS! A este grito todos los espectadores, hombres y mujeres, y los actores que estaban en escena interrumpieron sus papeles para ponerse de rodillas y quedarse así hasta que dejó de oírse una campanilla que iba tocando por la calle. El sonido de esta campanilla indicaba que pasaba un cura que iba a llevar el viático a un enfermo. A los españoles les edifica todo lo que demuestra que en nada de lo que hacen pierden jamás de vista la religión.8

Comencemos por analizar la actitud de superioridad que hemos visto en primer lugar, y que estaba presente en todos los estamentos sociales, incluso en los más humildes.

Resulta evidente que ha de estar basada, dicha actitud, en un valor considerado por el individuo mucho más valioso que la posición social, por ejemplo, y que cualquier otra consideración, sea de la índole que sea. Aquí se nos hace presente de manera inmediata el concepto junguiano de “verdad psicológica”. Veamos esta cuestión detalladamente.

Una verdad psicológica, es una verdad que responde a la situación de desarrollo de la conciencia del individuo; y que, en cuanto que dicho desarrollo de la conciencia es un requisito previo para la vivencia plena de cualquier realidad, es percibida por la persona como anterior y más decisiva que cualquier consideración derivada de la función intelectual, por mucho que dicha función obtenga conclusiones de carácter objetivo y aparentemente universales.

Es decir, el hombre se orienta a lo largo de su existencia según lo que Jung llama su función superior –que puede ser cualquiera de las cuatro que él describe de forma clarividente, con sus correspondientes modalidades9–. Ahora bien, la función de pensamiento, busca determinar la esencia y realidad de las cosas, por lo que cabría pensar que una verdad que nos da seguridad y sentimiento de superioridad, debería estar basada en una concepción muy profunda de la realidades de la existencia. Sin embargo todos sabemos que una verdad intelectual es absolutamente incapaz de imponerse por sí misma ni siquiera en las situaciones sociales más equilibradas.

Continuaremos con esta cuestión en las próximas entradas.

1 Gigas Emile: “Un voyageur allemand-danois en Espagne sous le regne de Charles III”, en Revue Hispanique, abril 1927. Citado por MARTÍN GAITE, Carmen, “Usos amorosos del dieciocho en España”, p. 77

2  DÍAZ PLAJA, Fernando, “Las Españas de Goya”, p. 83.

3  PRADA PAREJA, Javier, “Goya y las Pinturas Negras desde la psicología de Jung”, 2ª Edición, pp. 39-40.

4  CASANOVA, Giacomo, Memorias de España, pp. 41-42.

5   En nuestros días el sentido de la expresión “hacer una puñeta” como sinónimo de hacer una masturbación ha caído en desuso por completo; sin embargo el Diccionario de la Real Academia todavía lo recoge.

6   CASANOVA, Giacomo, op. cit., p. 42.

7   Ibid., p. 42.

8   Ibid., p. 42.

9  Ver a este respecto: JUNG, Carl Gustav, Tipos psicológicos.

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