Casanova y los españoles (III)

Continuamos pues, este tema en el punto en que lo dejamos en la anterior entrada.

La propia posición social es en otras ocasiones una fuente de poder y seguridad mucho mayor que cualquier conocimiento, por profundo que éste sea. Pues bien, la verdad psicológica a que nos estamos refiriendo se imponía incluso ante personas que ostentaban una posición social mucho más importante.

El individuo por tanto experimentaba esta verdad como algo de validez universal, por encima del estamento al que se pertenecía. Ahora bien,  ¿cuál era el contenido concreto de esta verdad psicológica? Vamos a tratar de determinarlo analizando un episodio muy revelador a este respecto que se dio en el estamento más humilde de la sociedad española a principios del siglo XIX.

El día 2 de mayo de 1808, tras producirse el levantamiento contra los franceses en la capital, enterados los presos de la villa –que estaban recluidos en una cárcel situada en la Plaza Mayor–, solicitaron al director de la prisión que les dejara salir para tomar parte en la lucha contra los franceses. El director accedió a ello sólo bajo palabra de que una vez terminados los combates, volvieran todos a la prisión. Creo que el lector de hoy en día, si no conocía el episodio, no podrá reprimir interiormente el juicio de ingenuidad respecto al mencionado director de la cárcel madrileña –como por otra parte me sucedió a mí cuando tuve noticia del suceso–. Pues bien, lo que pasó fue lo siguiente. Salieron más o menos un centenar de presos, comprometidos según el juramento anteriormente mencionado; dos de ellos murieron a lo largo de aquella terrible jornada, de otro de ellos se desconoce absolutamente la suerte que corrió, y el resto … ¿escaparon marchándose cada uno a donde le vino en gana? Pues no. En absoluto. Eso es lo que hubiera sucedido hoy en día, pero en aquella época incluso los delincuentes tenían palabra: todos los demás volvieron disciplinadamente a la cárcel tras haber arriesgado la vida en la lucha contra el invasor … extranjero.

Este hecho, en mi opinión, hoy en día sería impensable, como ya he dicho. Desde el punto de vista psicológico implica un papel de los valores morales, decisivo para la seguridad personal del individuo. Hay que tener presente que un valor, es un principio que se adopta al margen del instinto, y muchas veces en contradicción con el mismo. El yo por tanto necesita una fuerza suplementaria para imponerse al instinto en aras del valor mencionado. ¿De dónde proviene esa fuerza que necesita el yo? En nuestro caso podemos estar seguros de que proviene del arquetipo paterno. La función arquetípica del padre es precisamente esa: poner trabas a la instintividad libre, en favor de los procesos de espiritualización.

Ahora bien, los valores morales no son absolutos, incluso, a veces, la propia existencia nos exige su vulneración, siendo éste un tema de cierta trascendencia en la vida humana. En el caso que nos ocupa, sin embargo, los valores morales parecen ejercer en nuestros presidiarios, una fuerza irresistible; ninguna consideración de ningún tipo –que hubiera sido tan fácil de encontrar en aquella situación– les permitió eludir el cumplimiento de su compromiso.

Por un lado no podemos dejar de admirar la rectitud de unas personas que, aún en situación de rechazo y castigo por parte de la sociedad, anteponían ciertos valores a su propia conveniencia, máxime viéndolo desde una época como la nuestra, donde una corrupción casi generalizada pone en evidencia la pérdida total de casi todo valor moral. Sin embargo, por otra parte tampoco podemos dejar de sospechar que en aquellos tiempos los valores morales constituían un pilar fundamental en la seguridad psicológica del individuo –más allá de la mera moralidad–, de manera que su transgresión equivalía a la pérdida del sí-mismo. No debemos olvidar que estamos hablando de un tiempo inmerso todavía totalmente en el espíritu patriarcal, y por tanto, en él, todo valor que emane del arquetipo paterno tiene un papel central en la psicología del individuo.

La situación psicológica que acabamos de describir probablemente era general en aquella época, e implica una supeditación casi tiránica al mandato del arquetipo paterno expresada en el sometimiento rígido a los valores morales vigentes en aquella sociedad y relativos al honor. La rigidez de la estructura que hemos visto implica, por otra parte, cierta debilidad del yo que se compensa de esa manera.

Al mismo tiempo es necesario recordar que el propio Freud, desde el comienzo de sus investigaciones, observó de manera clara que toda renuncia instintiva, además de procurar cierto aporte de energía al yo, también produce en el individuo un sentimiento neto de superioridad.

Estos procesos fueron descritos posteriormente con más detalle por Jung, que además detectó que dicha superioridad, experimentada por el yo consciente, supone una situación de la conciencia que él denominó “inflación psíquica”, y que en última instancia puede convertirse en un escollo importantísimo para el progreso personal del individuo.

Ya tenemos por tanto varios de los ingredientes psicológicos que subyacían a la peculiar actitud del pueblo español del siglo XVIII –y con seguridad también de al menos los dos siglos anteriores–. Está por un lado, como acabamos de ver este sentimiento de superioridad buscado conscientemente a través de la renuncia instintiva, que implica el rígido sometimiento a la exigencia interna del arquetipo. Por otra parte hemos visto que dicha situación tiende a enmascarar una debilidad de la conciencia que sería general y que por tanto no era experimentada por la persona como tal.

No hay que perder de vista, sin embargo, que lo descrito implica la unilateralización en los valores del yo y que por tanto conlleva además una represión de la otra mitad de la personalidad del individuo, lo que Jung llama el ánima, y a la que Robert Graves se refiere como la diosa blanca. Es en definitiva el eros; es decir, la dimensión relacional del individuo, que en el plano meramente instintivo se manifiesta a través de la sexualidad.

Acerca de la represión sexual en el tiempo que nos ocupa –el siglo XVIII– ya hemos hablado; y además, es de sobra conocido que se trataba de una situación general desde milenios atrás; prácticamente desde que aparece el periodo espiritual marcado por el predominio del arquetipo paterno, es decir, hacia el mil quinientos antes de la Era Cristiana, si no antes.

Hoy en día estamos al final de este periodo espiritual y de ahí se deriva la rehabilitación en todos los órdenes de la mujer, que se va produciendo con más o menos resistencia por parte de la sociedad, y la aceptación paulatina de todas las formas de sexualidad que también se está produciendo, no sin resistencias importantes.

Pero volvamos a nuestro tema. Estamos llegando al punto central de la situación psicológica que caracterizaba la vida de nuestros antepasados, es decir: la pérdida del sí-mismo que implicaba la radicalización en los valores del yo. Hay que tener presente que esta pérdida de la propia individualidad se experimenta casi como una catástrofe personal, sobre todo en los casos más intensos, cuando la persona tiene importantes aspiraciones. La frustración que se produce en esos casos es muy grande y normalmente sólo encuentra compensación en los logros de la vida exterior, en los que el individuo se vuelca con intensidad proporcional al sentimiento de fracaso interior.

Ahora bien, qué sucede cuando las perspectivas de progreso en el mundo exterior son prácticamente nulas o muy escasas, como era el caso de la gran mayoría de la población en los tiempos a que nos referimos. Hay que tener presente que prácticamente hasta el siglo XIX, la miseria material era la tónica general en que se encontraba la mayoría de la población en todos los países civilizados. En este caso aparecen toda suerte de mecanismos de compensación psicológica. No es de extrañar por tanto que la estructura interior descrita más arriba, estando además sancionada por la conciencia colectiva en determinados sectores de la población, se convirtiera en uno de los recursos personales más comúnmente incorporados a la propia personalidad. En el caso de España, además, no hay que olvidar que durante el siglo XVI y gran parte del XVII el país había sido la primera potencia mundial, y el orgullo de serlo iba aparejado a un sentimiento de grandeza que impregnaba a casi toda la población. Sin embargo, el hecho de tratarse de un recurso psicológico de compensación, se evidencia al mantenerse dicho sentimiento de grandeza y superioridad en épocas en que nuestro papel en el concierto internacional había pasado a ser muy de segunda fila.

Ha de quedar claro por tanto, que la pérdida del sí-mismo, es un tema universal y arquetípico; es decir, que todo individuo pasará por dicha situación en la primera mitad de su existencia, siendo muy variadas las respuestas que aparecen a una situación interior como esa.

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