PICASSO Y EL MINOTAURO CIEGO (I)

Una de las series de grabados más bella de cuantas realizó en su dilatada carrera Pablo Picasso es sin duda la del Minotauro Ciego. Integrada por sólo cuatro grabados suele incluirse dentro de la llamada Suite Vollard. Es cierto que su temática está muy relacionada con el resto de las estampas de esa colección, sin embargo constituyen un punto de inflexión especial dentro de la reflexión personal que es toda la Suite. Del resto, cabe afirmar con rotundidad que la obra de Picasso no es sino un diario personal, como el propio artista confesó a su amante Francoise Gillot en los años cincuenta.

Hay que decir por tanto que es imposible entender la obra del malagueño si no se conocen los entresijos –verdaderamente complejos– de su personalidad. No puedo en este momento exponer los detalles del desarrollo personal del gran artista, y debo por tanto referirme a mis dos ensayos sobre el tema que publiqué en los años 2011 y 2014. No obstante para encuadrar adecuadamente el análisis que me propongo en este artículo, hay que dar unas breves notas sobre esta cuestión.

En primer lugar debo recordar que el malagueño fue educado por un padre exigente y lejano, cabeza de familia característico de la burguesía española de finales del XIX. Desde un punto de vista psicológico este tipo de figuras paternas, se caracterizan por la identificación con el arquetipo. Es decir, que representan para los hijos una imagen cargada –en diversos grados según la persona– con lo que Jung llamaba la numinosidad del arquetipo. Esto equivale a decir que, para los hijos, estas figuras paternas están revestidas inconscientemente con la carga emocional, el respeto y el prestigio que tendría, para ellos, una figura de cierto carácter mitológico. El niño, naturalmente no tiene conciencia de estos particulares y simplemente proyecta sin darse cuenta, en el padre, un valor y un respeto que van más allá de lo estrictamente humano.

Esto es lo que sucedió en la infancia de nuestro artista con respecto a la figura de Don José Ruiz Blasco, su padre, pintor fracasado pero imagen paterna cargada con todas las características que acabamos de describir. El futuro artista interiorizó así, en su infancia, unos valores típicos de una clase y una sociedad que, en su edad adulta, él conscientemente había de rechazar de forma estricta, en aras de una plenitud personal más acorde con el progreso alcanzado por su generación. Las circunstancias de su juventud, sin embargo, impidieron que la identificación inconsciente con la imagen paterna característica del desarrollo normal de todo varón, pudiera disolverse a través del contraste con la realidad. La identificación con la imagen de Don José quedó así en el inconsciente de nuestro artista, estancada y sin posibilidad de realización de ningún tipo, dado el rechazo consciente de los valores que representaba. Este problema pendiente, marcó la psicología del malagueño durante toda su existencia, aunque tuvo, en diferentes épocas de su vida, parciales desarrollos que nunca llegaron a cuajar en una verdadera resolución.

Uno de estos desarrollos a los que me refiero tuvo lugar como consecuencia de la relación que Pablo estableció con Marie Therese Walter, a finales de los años veinte del pasado siglo. En virtud de la misma, se produjo en el inconsciente del gran artista una reconciliación parcial con la figura de su progenitor. Y esta reconciliación incompleta es lo que se recoge en gran parte de la Suite Vollard. Allí, Don José se muestra metamorfoseado en la imagen del escultor, estilizado personaje de elegante barba y fino porte; acordes, ambas características, con el físico del desaparecido progenitor. Picasso aparece encarnado, en la mayoría de estos grabados, en la figura del minotauro, imagen mitológica con la que sabemos que Picasso se identificaba durante aquellos años. Ambos, minotauro y escultor, en la mayoría de las escenas aparecen en buena relación e incluso compartiendo orgiásticas escenas: es decir, el rígido Don José había por fin aceptado, en el imaginario inconsciente de su hijo, el tipo de valores que este había siempre practicado. O lo que es lo mismo, el propio Picasso había por fin salvado la contradicción inconsciente entre unos valores adoptados en la infancia y sus actitudes conscientes hacia la vida, en la edad adulta.

No obstante, los cuatro grabados del minotauro ciego, son una especie de pausa en la vivencia interna de esta conciliación íntima entre las distintas instancias de su personalidad. Son una reflexión sobre el padre real, al margen de su interiorización del arquetipo. Así, en ellos, se cambian en cierto modo, los papeles de las escenas anteriores y el minotauro –ciego en las cuatro versiones del episodio– encarna de repente al padre y no al artista universal. Éste aparece representado como joven pensativo que contempla el triste vagar del desdichado semidiós mítico, acompañado por la pequeña niña que le sirve de lazarillo. Tras las tres variaciones iniciales del tema, el cuarto grabado parece que dejó por fin satisfecho al artista, lo que nos indica con claridad que en él, Pablo ha sentido por fin expresado todo el contenido inconsciente que era el origen de su creación.

Veamos pues cuál puede ser el contenido subliminal de esta interesantísima escena.

«El sexo, el amor, la guerra y el minotauro. Eros u logos en la obra de madurez de Picasso». 2014

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